18 de febrero, 2009.
Salí del salón con ganas de
vomitar, pese a que no había siquiera desayunado. No pensaba regresar a clase,
aunque dejé mis cosas, incluida mi computadora.
Bajé las escaleras, entre
corriendo y tratando de pasar desapercibida, fingiendo demencia ante algún
saludo casual de cualquier compañero. Mi asco aumentaba, pero sabía que no iba
a salir nada de mí, nada más allá de lágrimas.
Volví a ver mi celular, su
mensaje seguía ahí, ese texto, esas grafías inertes que seguramente tomaron
vida al ver cómo se destrozaba la mía.
"No sé cómo decirte
esto, no es como que tenga algún compromiso formal contigo. La cuestión es que
ya tengo novia".
Sí, con su perfecta
ortografía, así lo escribió.
Me senté en las mesas de la
explanada de la Facultad de Medicina. No quería que nadie conocido me viera,
así que me fui lo más lejos posible de mi propio edificio. Al parecer escogí
bien, no hubo quien cayera en cuenta de que había alguien más ahí, sin bata,
sin libros abiertos, sin amigos, sin luz en los ojos.
Una pobre mujer cargando
con lágrimas en las pupilas, pero aún sin derramar alguna. Un alma sin
palpitar. Detrás de aquellas gafas oscuras se sentía invisible, pero su sonrisa
fingida y mueca torcida no engañaban a nadie. Si alguien hubiera reparado su
atención en ella se habría dado cuenta de lo miserable que se sentía. Acababa
de descubrir que aquél quien le robó el corazón hace meses había finalmente
decidido anunciar su reemplazo formal y de la manera más fría y sutil posible.
Pero alguien reparó la
mirada en ella.
Alguien desbatado, es
decir, "sin bata", alguien que alguna vez tomó su mano en una sala
oscura. Él supo de inmediato que era ella, la chica de la risa contagiosa y el
cabello recogido de manera peculiar. Pero esta vez ella no estaba riendo. Él
intuyó que algo no estaba bien. Recogió su libro, apagó su iPod y se acercó.
-¿Lucía?
La chica se sobresaltó, no
esperaba un contacto tan personal mientras se encontraba inmersa entre los
fantasmas blancos, absortos en sus textos. Volvió su mirada y se encontró con
unos ojos tímidos pero sonrientes.
-¿Gus?
-Sí. ¿Estás bien?
¿Qué haces aquí?
-No sé... ¿tú?
-Vengo a leer,
tengo una hora muerta los miércoles y logro concentrarme por acá. No hay nadie que
llegue a interrumpirme o personas que llamen mi atención.
-¿Qué lees?
-Tokio Blues.
-No sabía que leías.
-No sabes en realidad
muchas cosas de mí. ¿Qué tienes? -Le preguntó mientras le limpiaba una lágrima
que asomaba por debajo de sus lentes oscuros.
-Yo... nada, nada.
-Mintió mientras se secaba los ojos, sin quitarse las gafas.
-¿Te fue mal en algún
examen?
-No, ojalá fuera eso.
Saqué 10.
-¡Bien ahí!
¿Entonces?
-Pues... es por
alguien. Alguien que he perdido.
-¿Falleció alguien?
-No, no. Alguien...
bueno, tú sabes... alguien...
Lucía no pudo más y comenzó
a llorar. Él, sin saber realmente qué hacer, la abrazó. Fue un abrazo largo.
Mientras ella se desahogaba, él pudo percibir el olor de su cabello, olía a
frutas, olía como algo que él conocía...
-Usamos el mismo
shampoo.
-¿Qué?
-Sí, es una botella
morada, ¿no?
-Ja... sí, me gusta
mucho como huele.
-Sí, a mí también.
Hueles rico.
Lucía no pudo evitar
sonreírle, no sabía si se había sonrojado o no, pero supuso que sus lágrimas
ocultarían eso.
-Gracias.
Él la vio de una forma que
ella reconoció. La miró igual que el día que estuvieron en el cine y, sin saber
por qué, aquella alma recobró su ritmo cardiaco.
-Vamos, déjame
invitarte algo. Conozco un lugar cerca.
-¿No tienes clase?
-Puedo faltar hoy, es
revisión de examen. ¿Tú? ¿Tienes clase en la siguiente hora?
-Sí, pero no quiero
ir. Es repaso para el examen y... como si pudiera poner atención de cualquier
manera. Sólo que dejé mi compu en la Sala B.
-Te acompaño.
-Ok.
Y así, sin decir nada más,
caminaron juntos de regreso al edificio de Comunicación y Diseño. Y, mientras
se alejaban, un embatado se percató de que los rebeldes ajenos a las ciencias
puras, calzados en sus Convers, compartían más que el gusto por el shampoo
afrutado o los tenis sucios: ambos estuvieron a punto de tomarse de la mano.
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